Tengo dos tortugas de florida que cuando llegaron a casa, hace alrededor de 10 años, eran más pequeñas que una caja de cerillas. Una de ellas es hembra y se llama Dra. Jones; la otra es macho y su nombre es Indiana, como no. Hoy en día, el tamaño de ambas es un poco mayor que el de una mano extendida y viven plácidamente en la terraza de casa, dentro de un barreño color naranja, dónde disfrutan cada día de un buen rato de sol.
| indiana |
Hace 3 años Indiana volvió a nacer. Cayó desde la terraza a la calle, imagino que por la noche. Aún no he logrado encontrar la explicación de una combinación de factores que la hicieron llegar hasta el extremo superior del barreño, trepar y coger impulso para salirse de él. Alguien la encontró y la colocó en el portal de casa.
Esa mañana ya me había dado cuenta que faltaba y mientras la buscaba, escuché a una vecina pequeña que se extrañaba que una tortuga herida estuviera en el portal. Cuando la vi, sentí una pena infinita: tenía el caparazón totalmente roto por debajo, se lo podías despegar sin más, una de sus patitas delanteras estaba rota, sangraba por la boca y uno de sus ojos se había inflado como un globo. No se movía, sólo emitía un sonido muy leve.
La veterinaria me explicó que no sobreviviría por mucho tiempo y que no se podía hacer nada. Volví a casa con ella, dispuesta a cuidarla y a que no muriera sola. La curé con alcohol rebajado en agua y le puse yodo, le dí una pizquita de ibuprofeno disuelto en agua, con una jeringuilla, apenas dos o tres gotitas. Envuelta en una toalla pequeña, se dejaba hacer, muy quieta, sin ningún atisbo de agresividad, me miraba y pensé que estaba hablándome con la mirada, que me decía que estaba agradecida.
| a la izquierda, Dra, Jones, a la derecha Indiana |
Pasó tres días críticos, tuvo diarrea, imagino que por el ibuprofeno, no comía, solo se dejaba curar y arropar en la toalla. El ojo volvió a su tamaño normal, la sangre dejó de salir y empezó a comer muy poquito a poco. A la fuerza tuvo que hacerse una tortuga de secano, no entró en el agua durante varios meses, hasta que se le cicatrizó la concha, con la ayuda de una cinta adhesiva. La pata rota estuvo inmovilizada con un palo y una pequeña venda durante un mes, pero aún así, no recuperó la movilidad.
Caminaba arrastrando su patita con una voluntad enorme. La fui introduciendo en el agua cada vez durante más tiempo y un día pensé que si las personas se rehabilitaban de algunas dolencias en el agua, podía intentarlo con ella. Llené la bañera con el agua suficiente como para que no se pudiera apoyar y tuviera que nadar y aunque tardó muchos días, consiguió recuperar el movimiento.
Desde aquellos días tenemos una relación especial. Sabe cuando estoy en la terraza y conmigo tiene una gran delicadeza. La puedo coger, no se esconde en su caparazón como hace con los demás, al contrario, sale entera, cabeza, pies y brazos, se estira, se contorsiona. Hemos aprendido a conectarnos de una manera especial: pongo mi dedo y ella me lo coge con la pata, levanta el cuello, esperando que se lo acaricie.
Y ahí sigue, en su barreño color naranja, dormitando sobre su piedra favorita, acompañado de Dra. Jones, que cada día es más huraña, y celebrando con mucho ruido, cada vez que levanto la persiana. Hace muchos meses que camina perfectamente...
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