La Princesa Caprichosa no habla, murmura. No tose, carraspea. Ante una buena comida, no toca casi nada, se hace la melindrosa y solo picotea. Es una remilgada. Mimada con frecuencia, no duda en exigir lo imposible: nieve en pleno verano, sombra en el desierto, arándanos en verano. Su baño es el objeto de toda su atención y de todos los refinamientos: temperatura ideal, espuma perfumada, pétalos de rosa, leche de burra y champú de albaricoque.
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